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jueves, 30 de agosto de 2012

SABEN QUE ES UN CHUETA?


UN POCO DE HISTORIA.

La historia del judaísmo en España tiene muchos aspectos desconocidos. Les copio esta entrevista realizada en La Contra de hoy, al artista Jaume Pinya quien narra su historia familiar. Es realmente conmovedor.Jaume Pinya, artista.
“Me miró y me dijo: ´¡Chueta tenías que ser!´” Jaume Pinya.
VÍCTOR-M. AMELA – 13/03/2009, La Vanguardia Tengo 55 años. Nací en Sóller y vivo en Fornalutx. Soy pintor. Estoy casado y tengo tres hijos veinteañeros. Soy muy crítico con nuestros políticos. Leo con interés textos de la tradición judía: mi familia desciende de judíos mallorquines conversos. Reivindico la memoria chueta
¿Qué es un chueta? Así han llamado los mallorquines a conciudadanos tan católicos como ellos… pero descendientes de judíos conversos. Han sido familias repudiadas, durante siglos recluidas en guetos…
¿Qué familias son esas? Son quince linajes, lo que no significa que otros no desciendan también de judíos…
¿Me dice los apellidos? Aguiló, Bonnin, Cortés, Fortesa, Fuster, Martí, Miró, Picó, Pinya, Pomar, Valentí, Valleriola, Valls, Segura y Taronjí.
Usted es Pinya… Sí, pero en casa no se hablaba de esto.
¿Cómo se enteró de que era chueta? A los siete años, a la salida del colegio, dos niños se peleaban. Me acerqué a separarlos y uno cayó al suelo y se golpeó la frente. Sangró, lloraba… Llegó la madre del niño y le preguntó: “¿Quién ha sido?”.
Ay…El niño me señaló, y aquella madre me miró y soltó: “Ah, tú…, ¡chueta tenías que ser!”.
¿Qué pensó usted? Me quedé perplejo: era la primera vez que oía eso y quise saber qué significaba. Llegué a casa y corrí a contárselo a mi padre. “Ja hi tornem a ser!”, suspiró, resignado. (“¡Vuelta a empezar!”). Aquello me alertó…
¿Y qué hizo?Al morir mi abuelo, su biblioteca subió al desván de la casa solariega, y yo pasé horas husmeando…: hallé un libro muy viejo de pergamino con textos ilegibles. Lo restauré.
Emocionante: ¿qué era?Anotaciones del abuelo de mi abuelo: apuntes contables de 1810, préstamos, notas personales… Vi que trataba casi siempre con las mismas familias… Mi padre me confirmó que los chuetas, hostigados por la población, tenían que tratar mucho entre ellos…
¿Condenados a la endogamia?Mi padre, que ahora tiene 90 años, recuerda a su padre, en la trastienda, comentar que un hermano se casaba “con una que no es de las nuestras, de fuera: ¿cómo le irá?”.
¿Qué temía su abuelo?Que acabase teniendo problemas con la familia de ella, con la gente. ¡Casarte con una o un chueta estaba mal visto! Y, de hecho, el padre de la novia se negó a asistir a la boda.
Todo eso es ya pasado, ¿no?Ha sido vigente hasta hace muy poco. Queda mucha deuda histórica pendiente, mucha memoria que recuperar y dignidad que restituir. Yo tomé conciencia de esto y he ido rescatando la memoria de mi familia…

¿Y qué ha desempolvado?Cruzando archivos he armado mi árbol genealógico ¡hasta el siglo XVI! y he hallado retazos de vidas que me han conmovido…
¿Me contaría alguna de esas vidas?Úrsula Fortesa, de 14 años, fue interrogada por los inquisidores: era sospechosa ¡por saber leer y escribir! El interrogatorio figura en las actas del proceso de la Inquisición contra los chuetas en 1679, que condenó a la hoguera a 37 de ellos en 1691.
Horror.A unos los quemaron muertos, a otros en efigie (habían huido) y a tres en vida. La pira ardió cerca de la plaza Gomila de Palma

¿Qué pasó con la pequeña Úrsula?Ella contó que un vecino, encuadernador de libros, le había enseñado a leer. ¡Eran gente que entre ellos se ayudaban a cultivarse, a elevar el espíritu, en aquel entorno tan bárbaro! Yo lloré al leerlo… ¡Qué rabia les daba a los demás esa cultura! La familia de Úrsula fue expropiada y se exiliaron al destierro interior… Úrsula es antepasada mía.
Y entre los 37 quemados en la hoguera ¿hubo también algún antepasado suyo?Cotejé mi genealogía con la lista de condenados… y sí. Era un matrimonio que vivía en Palma en 1679: Rafael José Cortés Fuster, llamado Filoa (comerciaba con hilos textiles), y su esposa, Violant Fortesa Aguiló, acusados de judaizar. Primero, garrote vil. Luego, a la hoguera… ¡Cuánto nos odiaban!
¿Por qué tanto odio?España declinaba, el auge del protestantismo sacudía al catolicismo… y la tomaron con nosotros, que para la Iglesia éramos asesinos de Jesús, y encima prósperos (a costa de nuestros esfuerzos), lo que despertaba envidias, codicia, ansias confiscatorias.
¿Qué pasó con los chuetas tras esa hoguera de finales del siglo XVII?Hubo una diáspora de familias chuetas de Palma a pueblos costeros, por si tocaba largarse. La mía fue a Sóller. Padeciendo un estigma infamante ¡que ha durado tres siglos!
¿En qué ha consistido ese estigma?En segregación social, guetización: no podían ser militares, ni sacerdotes (aunque se les obligaba a ir a misa), ni matrimoniar con no chuetas… ¡Se nos ha repudiado hasta los años 60 del siglo XX! Pero fueron familias muy unidas, sacrificadas y trabajadoras, y a la larga siempre volvían a prosperar.
¿Mantuvieron prácticas judaizantes?A partir de la última hoguera, de junio de 1691, no creo. Imperó el silencio prudente, la resignación, la humillación vergonzante. Algún hábito culinario sí pudo pervivir…
¿Tiene usted trato con otros descendientes de aquellos últimos condenados?Memorial en desagravio de nuestros antepasados. Será un pedestal escalonado que conducirá a un hoyo en cuyo borde inscribiremos los 37 nombres. Estará en el parque de Sa Quarentena, muy cerca del lugar donde, hace ahora 318 años, ardió la criminal pira.

“Me miró y me dijo: ‘¡Chueta tenías que ser!’”




Memorial
Un sastre llamado Pinha desembarcó en Mallorca entre los judíos de Jaume I, hace casi 800 años. La vida de sus descendientes, forzados a convertirse al cristianismo, padecería horas muy amargas y su progenie cargaría con una infamante marca: chueta. Hoy algunos de esos descendientes enarbolan el estigma y reivindican la memoria de sus abuelos. Es el caso de Jaume Pinya, que hoy pinta y vive plácidamente en Fornalutx, bellísimo pueblo de la sierra de Tramontana: junto con otros artistas chuetas (Ferran Aguiló, Rafa Forteza, Joan Segura, Mònica Fuster y el arquitecto Antoni Forteza) ultiman ahora un memorial que dignificará en el centro de Palma las trágicas vidas de sus martirizados ancestros.

Alicia Ester Morhaim

maimenes

 

viernes, 10 de agosto de 2012

"Una colonia catalano-mallorquina en Canarias durante el siglo XIV",

Nicolas Jansz Voogt 1680



El redescubrimiento europeo de Canarias a inicios del siglo XIV como consecuencia de las exploraciones practicadas por el navegante genovés Lancelotto Malocello, de quien este año se celebra la Efemérides (1312-2012) que conmemora los 700 años, fue divulgado en el portulano firmado por el cartógrafo mallorquín Angelino Dulcert en 1339.
Como consecuencia del conocimiento y difusión de la obra de Dulcert y de la trascendencia del periplo marítimo luso-italiano de 1341, los navegantes catalano-mallorquines patrocinaron diversas expediciones a las islas nuevamente encontradas, que tuvieron por finalidad el establecimiento de relaciones comerciales, la creación de bases de apoyo mercantil a la navegación en esa parte del océano, el dominio territorial y de la soberanía exterior, y el control político auxiliado por el proselitismo religioso, la evangelización y la conversión de las poblaciones indígenas de Canarias. Pero, en ocasiones, también tuvieron como consecuencia el desarrollo del tráfico humano.
Ya sea por el incremento de los contactos mallorquines con el exterior, que aparentemente ocasionarían las razzias esclavistas de otros corsarios, ya fuera motivada por una facies de estrés alimentario, por sus intromisiones en asuntos nativos y la transgresión de los pactos interétnicos, por el desarrollo de una epidemia alóctona que diezmó a los habitantes isleños o por los vicios sexuales que señalara J. Viera y Clavijo, el establecimiento catalano-mallorquín en Canarias culminó con la matanza de sus integrantes a fines del siglo XIV.

Entre los años 1342 y 1386 existen testimonios que narran la preparación y partida de viajes mallorquines y catalanes con destino al Archipiélago Canario, recogidos por Antonio Rumeu de Armas en un ensayo ampliamente documentado. Buena parte de estos documentos se refieren a licencias, relatos e incidencias de viajes, nombramientos de los expedicionarios responsables y sus tripulaciones, cartas reales y eclesiásticas, bulas papales y testamentos, entre otros muchos. Pero, además de las aportaciones de este ensayo, puede encontrarse una amplia producción bibliográfica sobre este tema desde los años veinte a los años noventa de la pasada centuria.

Entre las obras más importantes de este periodo del siglo XIV cabe destacar el Libro del Conosçimiento de todos los reinos et tierras et señoríos que son por el mundo, et de las señales et armas que han cada tierra et señorío por sy et de los reyes et señores que los proueen, obra anónima realizada por un fraile franciscano español hacia 1350 en la que se enumeran y designan con bastante precisión las islas Canarias mayores y cuatro islotes mediante el recurso literario de un viaje imaginario por el Archipiélago partiendo de la costa africana. La relación de los diferentes códices de esta obra y las vicisitudes a que estuvieron sometidos hasta que los publicó en 1877 Marcos Jiménez de la Espada en el Boletín de la Sociedad Geográfica Española fue afrontada por B. Bonnet Reverón. En el momento de la redacción del mentado libro parece que sólo se reconocían pobladas las islas de Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria o, como advierte B. Bonnet, «no se había desembarcado sino en tres islas de nuestro archipiélago, o si se desembarcó en las demás, sus habitantes huyeron al interior». La importancia histórica del texto radica en la veracidad de sus noticias geográficas, tomadas de escritos y portulanos relacionados con las expediciones mallorquinas, así como por haber sido manejado por los redactores de la posterior expedición de Jean de Bethencourt y Gadifer de La Salle, indicando que gozaba de reconocida fiabilidad.

Destaca, igualmente, un fragmento de los Prolegómenos del historiador árabe Ibn Jaldún que, entre 1353 y 1362, da cuenta de ciertos esclavos canarios que habían sido vendidos en Marruecos por súbditos del rey de Aragón a mediados del siglo XIV. Una vez aprendieron el idioma facilitaron una información de indiscutible autenticidad sobre su tierra natal, la isla de Gran Canaria.

Y, por último, el relato anónimo de dos expediciones a las islas Canarias recabado en Valencia entre 1389 y 1395 transmitido hacia 1440-1445 por Félix Malleoli, el canónigo de Zurich, más conocido como Félix Hemmerlin, en su obra De nobilitate et rusticitate, publicada por A. Lütolf en 1877 y dada a conocer en castellano por E. Serra Ràfols.

Los datos etnohistóricos sobre el mundo nativo canario, más relevantes de este amplio periodo del siglo XIV refieren la presencia de la idolatría y de un culto astral en las comunidades prehispánicas, sus actividades productivas, costumbres alimenticias y culinarias, vestimenta, hábitos socioculturales, dificultades y proezas para su conversión al cristianismo, así como el sutil proceso de transculturación operado a partir de sus primeros contactos con los europeos.

Sobre este particular resultan llamativas la evangelización de los canarios en su lengua vernácula, empleándose intérpretes y/o cautivos bautizados de expediciones precedentes instruidos en la lengua catalana, así como el avituallamiento de productos realizado por los mallorquines para su viaje de 1352. Entre ellos destacamos, traducidos del latín, la presencia de cereales (trigo y cebada) para el consumo y como simiente, vino, aceite, instrumentos de hierro, pez negra, brea, aperos y animales de labranza.

Si aceptamos las afirmaciones presentes en Le Canarien, A. Cedeño y Abreu Galindo, entre otros, algunos de estos elementos importados contribuyeron al establecimiento de relaciones comerciales entre los navegantes y las sociedades indígenas por espacio de más de cuarenta años. Pero si, además, complementamos estas noticias con los registros documentales oficiales citados, relativos al asentamiento de mallorquines en Gran Canaria, es obvio que la introducción de instrumentos metálicos, especies comestibles, productos foráneos, animales y aperos de labranza, trajo consigo una sustancial y progresiva transformación tecnológica y productiva de consecuencias muy amplias aún por precisar.

Analizando el testimonio posterior de los cronistas y primeros historiadores de las Islas, parece evidente que las innovaciones presuntamente operadas en las bases infraestructurales indígenas (uso de instrumentos de metal, construcción y ornamentación de edificios, obras de regadío, alteración de cultivos, explotación de materias primas,...) y, consecuentemente, las que implicaron otros niveles de las sociedades autóctonas (organización socio-política, ideología religiosa,...), pudieron contribuir a importantes modificaciones socioculturales en el mundo insular más de un siglo antes de que se produjese su conquista efectiva por los castellanos a fines del siglo XV.

Pero, ya sea por el incremento de los contactos mallorquines con el exterior, que aparentemente ocasionarían las razzias esclavistas de otros corsarios, ya sea motivada por una facies de estrés alimentario, por sus intromisiones en asuntos nativos y la transgresión de los pactos interétnicos, por el desarrollo de una epidemia alóctona que diezmó a los habitantes o por los vicios sexuales que señalara J. Viera y Clavijo, el establecimiento catalano-mallorquín en Gran Canaria culminó con la matanza de sus integrantes a fines del siglo XIV. Según M. Mitja, el factor causal directo del dramático desenlace puede seguirse en el trabajo de J. Vincke, para quien la revuelta de los canarios, principalmente en la zona de Telde donde estaban radicados los mallorquines, obedeció al secuestro de niños indígenas con fines esclavistas por parte de los integrantes castellanos de la razzia de 1393. Hemos consultado la obra de J. Vincke citada por M. Mitja y, concretamente, su referencia en nota 28 a la página 203 del mentado trabajo, donde no figura en modo alguno dicho argumento. Por contra, J. Vincke atribuye la muerte de los integrantes de la colonia y misión mallorquina a la desconfianza que suscitaron en los isleños los contactos que mantenían con el extranjero.
Dr. José Juan Jiménez González
Conservador del Museo Arqueológico de Tenerife
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